No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde quisiera.

—Bueno. Bueno. Muy bien.

El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.

Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las perspectivas que me esperaban.

Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.

Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.

Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la derecha a la izquierda, sin poder dormir.

Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra, cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas colinas roídas por las lluvias.

Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en unas lomas blanquecinas.

Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el botiquín e hicieran sus preparativos.