La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una conveniensia.
El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.
Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre las piernas.
—Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios—les dije—, dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.
El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.
En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la conveniensia, el santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.
El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.
Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero, y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.