—¿No es usted católico?
—No.
—Tenemos un hereje en casa—murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana siguiente.
Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
Seguimos el vizcaíno de la conveniensia y yo, a pie, nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.
Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por la noche refrescaba y se podía dormir.
De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla de la Naturaleza, algo divino y admirable.