—Ya lo creo.

Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos, después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos con aire de Tenorio.


II.
DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS

En la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las discusiones mucho fuego y apasionamiento.

El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales, que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores, sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra en los rincones...

La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no podía, se quejaba del pueblo.

Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.

—Esto no es Europa—solían decir, y hablaban de París, de Londres, de Bruselas.