Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su dicha.

Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente de la vida cuando puede y como puede.

Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo: ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?

Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?

Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir en los hechos sociales?

Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía me tenían por un perturbador.

—Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas—afirmaban ellos.

Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que hacer a los que vengan detrás.

Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable—dicen los de los ojos miopes, y lo creen cándidamente.