¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por Ptolomeo...

¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!

Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:

—Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.


III.
SALIDA DE MADRID

El ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más que una semana a lo sumo.

Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.

Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar, comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.