Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz, y que me prenderían.
Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el Guadalquivir, y bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a un fonducho lleno de oficiales franceses.
Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no saliera.
—Pues ¿qué pasa?—pregunté.
—Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.
—¿No hay vigilancia?
—Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y gendarmes.
—Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.
—Le será a usted imposible.
—¿Por qué?