—Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar municiones al Puerto de Santa María.
—¿Y qué se dice de la guerra?
—La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.
Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.
—¡Esto es una equivocación!—exclamé yo—. Yo soy una persona pacífica.
—Sí, será cierto—me replicó el sargento—; pero tenemos la orden de conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.
Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no había hablado a nadie de mi presencia allí.
Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de Bonanza.
El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando. Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.
Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios realistas.