Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia del comandante, que estaba en compañía de un cura.

El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.

Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que tenía que ir a la cárcel pública.

Protesté, pero fué inútil.

Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.

Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un rincón.

—Es un francés—decían unos.

—No; es un inglés.

En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:

—Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.