—Está igual.

—¿Qué tiene?

—Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.

—Voy a verle. Soy médico.

El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas podía incorporarse con la debilidad.

El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las manos en un cubo de agua del mar.

—Este hombre está muy grave—dijo.

—Sí; ya se ve.

—¿Ha tomado quinina?

—Con poca constancia.