—¿Cómo se alimenta?

—Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo, que filtramos por una tela.

—Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.

—Veremos a ver si mejora—murmuró el hombre alto.

—No, creo que no—dijo el médico—. Está ya muy depauperado. No durará una semana.

Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.

—Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la desgracia—exclamo el doctor.

—Está uno acostumbrado a todo.

—Será difícil que pongan esta lancha a flote—saltó el oficial de artillería.