—Ya veremos—replicó el hombre delgado—. Se intentará.
—Les voy a enviar a ustedes—repuso el médico—un bote viejo que teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y sin pintar, pero no hace agua.
—¡Oh, muchas gracias!
Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba la lancha.
El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el bote sobre un banco, envuelto en un papel.
Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar la sepultura.
El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como aquéllos.
El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.