Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver, lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este, de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.

El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.

—Amigo Thompson—dijo el Capitán—, desde este momento cambio de nombre y de personalidad.

—¿Cómo?

—Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.

—Pero usted no sabe inglés, Capitán.

—No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la escuela de nuestro lord Byron.

Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán. Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía dentro veinte libras esterlinas.

—Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora—dijo Thompson.