—Mac-Clair ahora soy yo—replicó el Capitán—. No se le ocurra a usted decir que ha muerto.

—Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.

Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de costumbre.

Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.

Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el menor pretexto.

Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.

Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.

Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto como en un lugar de placer.

También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más mínimo.