Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.
Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de confianza.
—Bueno; entonses zaldrá conmigo—dijo la Nieves—. ¿Eh, qué parese inglé?
—Yo encantado. Si su marido lo permite.
—Nada, nada; aquí mando yo.
Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.
Pusieron la mesa y dos cubiertos.
—¿Su marido de usted no come con nosotros?—pregunté.
—No; él come zolo y yo también.
Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla de Sanlúcar y tinto de Rota.