Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:
—He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.
—Te yevaré trez pezetaz al día—dijo la Nieves, que se había empeñado en hablarme de tú.
—¿Tres pesetas?
—Zí.
—¡Pero se va usted a arruinar!
—Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.
Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada, con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa roja en la mata negra del pelo.
—¿Eztoy bien azí?—me dijo.