—Como la mismísima diosa Venus.

—Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.

—Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio, patrona—le dije yo.

—Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.

La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.

Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.

La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la Nieves.

—¡Oh, quelle belle fille!—se les oía decir—. ¡C'est un vrai tipe d'andalouse! Voilà una véritable manola.

Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.

Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado: