—A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.

—Sí; pero soy un tonto bien cuidado.

Me levanté de la cama y me vestí.

—Ahora vamoz a zalir—dijo ella.

—Bueno.

Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.

—Le advierto a usted que soy protestante—le dije, para ver qué contestaba.

—¿Qué me cuentaz con ezo?—exclamó ella con desgarro—. ¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.

Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un verdadero papista.

Al salir de la iglesia me dijo: