Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca cordobesa, salimos del pueblo.

Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el ventorro.

Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa, un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y ensalada.

—¿Qué le parece a usted?—me preguntó el sargento.

—Que luego es tarde, como decía mi patrona.

Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.

Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso componedor.

Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las pudo proporcionar.

Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la cocina.