Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los presos liberales que venían con nosotros, y dije:

—¿Habrá comido esa pobre gente?

—Sí, algo tendrán.

—¿Quiénes son estos presos políticos?

—Son catalanes—me dijo el sargento—que estaban en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con el teniente.

—Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos panes y unas botellas de vino.—Lo hice así; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que todas las apariciones celestes.

A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha y nos formamos todos.

Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real, estaba en el balcón de la posada.

—¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?—me preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.