—Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados de ustedes los franceses—le dije, inclinándome.
—Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va usted con esa tropa?
—Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.
El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me podía ser útil en algo, y echamos a andar.
—¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?—me preguntó el sargento.
—Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.
—¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los amos de España.
Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán francés, escoltando a un general.
El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas, ojos claros y aspecto malhumorado.
Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que acababa de capitular de una manera más que sospechosa.