Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.


CUARTA PARTE
PRISIONERO

I.
EL SALÓN DE CORTES

El día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.

Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.

El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su secretario.

Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia militar, y a mí al Salón de Cortes.

El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería, que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un sombrero de copa.