—¿Ez uzté inglé?—me dijo.

—Sí, señor.

—No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.

Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores liberales presos.

El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.

Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.

Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a su lado.

Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron broma por mi falta de apetito.

—Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés—decía un viejo—, se traga todo lo que le pongan.