Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.

Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué estrepitosamente aplaudido.

Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si iba en serio o en broma.

La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de Sevilla.

Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón las familias, los parientes y amigos de los presos.

A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas, se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.

Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la guarnición.

Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.

El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de paz a los franceses.

A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.