II.
LA SEÑORA LANDON
Al día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a pasear por los claustros del convento.
Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.
El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.
Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la cabeza para abajo y los pies para arriba.
Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina Mercedes.
—Hace usted unas planchas preciosas—me dijo Mercedes, burlonamente.
—Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?