Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven capitán que se llamaba Iscar.
Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.
—Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla—me dijo el canónigo.
—Sí, la señora Landon.
—Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.
—No, no. Soy de familia modesta.
El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se abalanzó a él.
El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma, hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.
—Esto está lleno de misterios—me dijo el canónigo.
Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata. Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.