Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.
III.
LA TORRE
El último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el camino.
El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco por los realistas; a veces, que todo era una broma.
Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.
El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio, el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de guerra.
Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los extranjeros sospechosos.