—Así que tendrá usted que estar unos días más—terminó diciendo la señora Landon.
—No me importa gran cosa el encierro—le contesté—; lo que me desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.
—¿Adónde quiere usted que le trasladen?
—¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.
—Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.
Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora después entró la señora Landon con un comandante de artillería.
El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y los presos políticos.
—El único local vacío que hay—siguió diciendo—es una pequeña habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su oficina; pero le podemos decir que se vaya.
—Vamos a ver esa habitación—dijo la señora Landon.
—Vamos—repuse yo.