Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro, pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas. El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol hasta el primer piso.

La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la alcoba, una aspillera.

—¿Qué le parece a usted esto?—me preguntó el comandante.

—Muy bien. Me conviene.

—¿Le gusta a usted?—me dijo la señora Landon.

—Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la torre de Thompson.

El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme unos tomos de sir Walter Scott.

—Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del campanario se domina toda la ciudad—me dijo el comandante.

—Aprovecharé el permiso.

—¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?—me dijo luego el comandante al darme la mano.