—Si encuentro ocasión, creo que lo haré.

El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo mismo.

Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo Molinedo y el capitán Iscar.

De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda, los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no conocía y los tejados, bañados de luz plateada.


IV.
«MARE SERENITATIS»

Muchas extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un poco de sentido es ésta, titulada Mare Serenitatis, y que dice así:

«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (Mare Serenitatis).

Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes y cráteres volcánicos.