Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la Serenidad en una región oculta e inexplorada...
¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un laberinto de montañas abruptas!
Este mare serenitatis tendría un agua más sutil que la de las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un cielo claro y sin brillo.
Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad, la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.
Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos como un cristal brillando a la luz del sol.
Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese mar de la Serenidad».
V.
EL FRAILE
El segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía, siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar saldrían al día siguiente.