El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba libres a las más comprometidas.

El capitán Iscar me dijo:

—¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo vigilándole a usted por orden del alcaide?

—Sí. ¿Qué le ha ocurrido?

—Que se ha escapado.

—Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?

—¡Ca! Es un conspirador.

Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.

—Y ¿quién era ese hombre?