—¿No quiere usted confesarse?—me preguntó el padre.
—No, yo no soy católico—exclamé—. Soy inglés y de la religión de mi país.
—Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.
—Si tengo que convertirme por la fuerza—murmuré yo—, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, los tomaré en cuenta.
No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la Cosa en sí.
El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros religiosos.
Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como aquella.
Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño portal.
—¿Quién está aquí? ¿Quién es?