—¡Por Dios, caballero!—dijo una voz—. No me pierda usted.
—¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las caras.
Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de soldado.
—No diga usted nada, por Dios—exclamó.
—Yo qué voy a decir, si soy un preso.
—¿Es usted un preso?
—Sí.
—Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio, en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me vieran me he metido aquí.
—Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de mujer?
—No.