—Veremos qué se hace. Suba usted.

La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.

Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo que subir al campanario y pasar el día allí.


VI.
EVASIÓN

Al día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una evasión.

Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín poblado de árboles.

Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a una altura de tres o cuatro varas.

Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al jardín vecino.