Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana; bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a la torre.

A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos, enviado para mí por el fraile.

Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.

—Y conmigo, ¿qué van a hacer?

—No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que le encierre con llave desde mañana.

—Pues es una broma.

Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.

La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.

Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana, llenándome de arañazos la cara y las manos.

Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé el jardín sin hacer ruido.