Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al patio y después a mi torre.

Hecha la excursión me lavé y me acosté.

Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había un artillero de centinela, con la bayoneta calada.

—¿Es que no puedo salir?—le pregunté.

—Esa es la orden que me han dado.

Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la torre con llave.

—Yo voy a ver si me escapo—continué diciendo.

—Hará usted muy bien—exclamó ella.

—¿Usted me podría ayudar?

—Sí, sí; dígame usted lo que necesita.