La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por encima de la tapia.

—Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla—dijo la señora Landon—. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la escapatoria?

—Sí, si usted me manda el almohadón.

—Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?

—De diez a diez y media de la noche.

—A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le esperará y le acompañará.

Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.

Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el campanario.

Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.