—Descanse usted—le dije—. Ahora vamos a ver un bonito espectáculo—añadí.
Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la mecha.
Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.
Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo, cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.
Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.
—Yo me descolgaré primero—le dije a la Tránsito—; luego la recibiré en brazos.
Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al sostenerla.
Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.
—Ahora ¿qué hacemos?—preguntó la Tránsito.
—¿Usted tiene sitio adonde ir?