—Sí.
—Pues entonces cada cual por su lado.
La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no había un alma por aquellas inmediaciones.
Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una mujer de pobre aspecto.
Era la señora Landon.
—Sígame usted—me dijo.
La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de desharrapados.
Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a los herejes y a los negros.