Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo. Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.
Me levanté a esta hora y recorrí la casa.
Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.
Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo separaba de un convento.
Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España.
Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.
Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me acercase.
Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había encontrado con los artilleros asombrados y risueños.
—El inglés ha volado—le dijo el sargento guardaalmacén.
—¿Cómo? ¿Ha huído?—le preguntó ella.