—Sí.

—¿Por dónde?

—Pues no se sabe. Es un misterio.

El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.

Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.

En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se había podido llevar a cabo la evasión.

Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la comida, y por la tarde me dediqué a leer.

Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.

El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre, que llegaba de Gibraltar.

Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la mano.