El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus trajes hechos.
La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.
Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.
—Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará usted por mi sobrino.
Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si fuera de verdad un pariente importuno.
VIII.
DILEMA
Los días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía, que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.
Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la señora Landon un gran odio.