Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:

—Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.

—Sí.

—Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un cuarto.

—Ciertamente que me convendría—le dije—; pero como yo, aunque sea un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.

—No me entiende usted—dijo la señora Landon—. No me parece mal que se dirija usted a ella.

—Pero hay un inconveniente, señora.

—¿Cuál?

—Que ella tiene un novio.