Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña, Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos se rieron mucho.

—Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo—me dijo él—, que me va dando pena verle caminar a pie.

Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas polvorientas y lentiscos.

En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.

—¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?—me dijo de pronto ella.

—Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?

—Quitarle la vida.

—¿Para qué?

—¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?—me preguntó él.

—A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?