—Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones. El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.

—¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?

—Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden, y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.

Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada curiosa e irónica.

Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la sierra, entre grandes encinas y algarrobos.

Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.

—¿Usted hará noche aquí?—me dijo el señor Juan.

—¿Es buena venta ésta?—le pregunté.

—Muy buena.