—Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a Algeciras y no me atrevo a gastarlas.

—No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.

Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.

Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan me presentó a ellos.

Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo; todos iban muy elegantes.

Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que eran sus mozos.

Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.

—¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!—me gritaban.

Estuvimos de broma hasta media noche.

Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un colchón y me quedé dormido.