—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de estorbo a todo el mundo?

Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y santas del calendario.

La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América. Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar demasiado.

El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.

Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.

Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.

Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.

Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa, y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.

Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.

Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.