Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.
El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.
Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan buena! No me cansaba de oírla.
Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la hubiera quitado si hubiese podido.
Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que saliera, que no estuviera siempre metida en casa.
Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el Lince, una barca grande. El Chirri iba al cuidado de la vela y yo al timón.
Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.
Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...
Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y le oía encantado.
El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la sierra de los Gazules.