A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y Casares y los de Estepona.

Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento, a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra con Gibraltar.

—Vamos ya—dijo Dolores—, que la madre estará esperando.

—¿Qué prisa tiene usted para volver?—le pregunté yo.

—Sí, hay que hacer la cena.

—Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan hermoso!

—Bueno—replicó ella.

Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas. Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.

Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.

Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije al Chirri que volviéramos.